y fastidio.
Ese gesto me resultaba familiar.
Era el mismo que aparecía cada vez que yo expresaba algo que él consideraba demasiado emocional.
—¿Qué “todo” viste por una muñeca?
—No fue por una muñeca.
—Entonces explícame.
Me sorprendió.
Durante meses había deseado que me preguntara eso.
¿Qué te pasa?
¿Qué necesitas?
¿Por qué estás triste?
Ahora que finalmente lo hacía, ya no quería responder.
—No tengo energía.
—¿Energía para hablar conmigo?
—Exactamente.
Su expresión se endureció.
—Eso es infantil.
Me reí.
—Probablemente.
—Elena.
—Daniel, mi madre estuvo hospitalizada quince días.