invadía un territorio sagrado.
Un día Daniel me escribió.
Habían pasado casi tres años.
“Encontré algo tuyo.”
Adjuntó una fotografía.
Una bufanda.
La había dejado en su apartamento.
Respondí:
“Puedes donarla.”
Tardó unos minutos.
“¿Cómo estás?”
“Bien.”
“Me alegro.”
Después:
“Voy a casarme.”
Me quedé mirando.
Sentí una punzada.
No dolor.
Historia.
Respondí:
“Felicidades.”
“Gracias.”
Luego escribió:
“No es Natalia.”
Me reí.
“Eso no necesitaba aclaración.”
“Lo sé.”
Pausa.
“Creo que quería que supieras.”
“Ahora lo sé.”
Pensé que terminaría ahí.
Pero llegó otro mensaje.
“Elena.”
“Sí.”
“Finalmente tiré la