se reuniría.
Entonces yo ni siquiera sabía que ella era Natalia.
Me fui un poco cuando dejó de moverse al lado izquierdo para hablarme por el oído bueno.
Al principio lo hacía siempre.
Después empezó a impacientarse.
—Ya te lo dije.
—Estás distraída.
—¿Puedes prestar atención?
A veces simplemente no lo había oído.
Yo dejé de decirlo.
Porque explicar repetidamente una limitación que tu pareja ya conoce termina sintiéndose como pedir disculpas por existir.
Daniel jamás se burló de mi oído.
Pero dejó de cuidarlo.
Y a veces el amor