La pregunta me ofendió.
—No.
—Entonces no entiendo cómo puedes irte tan fácilmente.
—No es fácil.
—Parece fácil.
—Porque empecé a irme antes de decírtelo.
El silencio cayó.
Esa frase era verdad.
No había sido una decisión de una noche.
Me había ido un poco cada vez.
La noche de mi cumpleaños cuando cené sola porque surgió “una crisis”.
La vez que tuve fiebre y él mandó medicamentos con un repartidor.
El fin de semana que canceló porque Natalia había regresado a la ciudad y “un grupo de antiguos amigos”