una parte de él todavía me guardaba sitio.
Exactamente lo que yo había pensado.
La diferencia era que ella se sentía validada.
Yo me sentía expulsada.
—Lo siento —dijo.
—No eres responsable de lo que Daniel decide conservar.
—Lo sé.
—Pero yo sí utilicé esa ambigüedad.
Asentí.
—Gracias por reconocerlo.
—¿Quieres saber algo peor?
—No sé si quiero.
—La reunión del día que tu madre salió del hospital…
La miré.
—Sí.
—Existió.
—Daniel estuvo cuarenta minutos.
—Después se fue porque me llamó mi madre.
Me quedé quieta.
—¿Qué ocurrió?
—Yo