Mi novio dijo que mi muñeca era tó-xi-ca para su coche… pero durante años protegió la que le regaló otra mujer

no sabía que vendría.

—No importa.

—Ya no hablamos mucho.

—Tampoco importa.

Sonrió.

—Sigues siendo aterradora.

—Eso dicen.

—¿Estás bien?

Miré alrededor.

—Sí.

Ella asintió.

—Yo también.

Y allí quedó.

Dos mujeres que alguna vez habían medido su lugar en la vida de un hombre por una muñeca rosa.

Qué absurdo.

Un año después de la ruptura, finalmente fui a Islandia.

No con Daniel.

Con mi madre.

Cuando se lo propuse, me miró como si estuviera loca.

—Tengo casi sesenta.

—No noventa.

—Me duele la pierna.

—Tomaremos descansos.

—Hace frío.