—Compraremos abrigo.
—Es caro.
—Yo pago.
—No.
—Mamá.
—¿Qué?
—Déjame consentirte un poco.
Ella sonrió.
—Te estás pareciendo a mí.
—Eso me preocupa.
Vimos la aurora la cuarta noche.
Mi madre lloró.
Yo también.
No porque fuera especialmente espiritual.
Era simplemente hermosa.
Durante años aquel viaje había sido “nuestro futuro” con Daniel.
Una promesa aplazada.
Ahora estaba allí.
Sin él.
Y seguía siendo hermoso.
Esa fue una lección sencilla.
A veces creemos que perder a una persona significa perder todos los sueños asociados con ella.
No.
Los lugares siguen existiendo.