Antes de entrar me dijo:
—¿Estás segura?
Me eché a reír.
—¿Ahora preguntas?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque aprendí.
La abracé.
—Estoy segura.
Tomás me esperaba.
No era más rico que Daniel.
No era más guapo.
No dirigía una compañía enorme.
Y ninguna de esas comparaciones importaba.
Lo elegí porque, cuando estaba con él, no tenía que calcular cuánto podía pedir antes de parecer demasiado exigente.
Después de casarnos compramos otro coche.
Al entregárnoslo, Tomás preguntó:
—¿Qué va delante?
—Nada.
—¿Nada?
—Quiero espacio.
—Bien.
Condujimos una semana con el tablero vacío.