cuidadoso.
Qué responsable.
Qué hombre tan racional.
Eso era lo que todos decían de él.
Daniel siempre tenía una razón razonable.
Tan razonable que uno terminaba sintiéndose ridículo por estar triste.
Ese fue probablemente el mayor cambio que hice después.
Dejé de exigir una razón “suficientemente lógica” para validar mis sentimientos.
Si algo me dolía, podía hablarlo.
Si se repetía, podía tomar decisiones.
No necesitaba un tribunal.
No necesitaba infidelidad certificada.
No necesitaba que todos mis amigos votaran.
No necesitaba que mi madre aprobara.
No necesitaba demostrar que Daniel era