«Aquella noche, tu padre te mintió.

—Emily…

Me detuve a unos pasos de él.

—Ahora lo sé todo.

Palideció.

—Hija mía, yo…

—No me llames así.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Durante veinte años quise encontrarte.

Negué con la cabeza.

—Conocías mi apellido. Sabías a qué familia de acogida me habían enviado. Podrías haberlo intentado.

No respondió.

—Tenía trece años, papá. Trece. Pensaba que nadie en el mundo me quería.

Mi padre se cubrió el rostro con las manos.

—Tenía miedo.

—Y yo era una niña. Tú deberías haberme protegido, no haber tenido miedo de