instalados en mi pequeño estudio y los hombres habían extendido colchonetas en la sala.
—Deja eso en la cocina —ordenó Ofelia señalando mis bolsas—. Y ve por más carne. Tu tío Ernesto quiere costillas.
Miré el piso cubierto de semillas.
Después vi una de mis plantas rota junto al balcón.
—¿Sergio autorizó esto?
Mi suegra soltó una risita.
—Ay, hija. Es su familia. ¿Qué permiso necesitamos?
Aquella noche cociné para todos.
No porque quisiera.
Porque todavía estaba intentando convencerme de que sería temporal.
Pero a las cinco y veinte de
VOLVÍ DEL MERCADO Y ENCONTRÉ MI CASA CONVERTIDA EN HOTELKARA