emocionada mientras revisaba en su teléfono fotografías de bolsos, zapatos y joyas.
—Vi una bolsa preciosa en Antara —dijo—. Cuesta casi ochenta mil pesos, pero con la tarjeta de Valeria la podemos sacar a meses.
Alejandro sonrió con arrogancia.
—Después de lo de esta mañana, ya entendió quién manda.
—¿De verdad le aventaste el café?
—Solo necesitaba una lección.
Rebeca soltó una risa corta.
—Siempre te dije que era demasiado orgullosa.
Alejandro estacionó frente al edificio y subió al departamento convencido de que encontraría a Valeria llorando, quizá preparando la