pesos “solo por una semana”.
Más tarde quiso usar la tarjeta de crédito de Valeria para pagar un curso de uñas, una televisión nueva y un viaje con sus amigas a Cancún.
Cada vez que Valeria decía que no, el tono de Alejandro cambiaba.
—Deja de ser tan tacaña.
—Para eso está la familia.
—Eres demasiado fría para entender.
—Mi hermana ha sufrido mucho.
Aquella mañana, mientras desayunaban, Alejandro leyó un mensaje de Rebeca y dio la orden sin siquiera levantar la vista del teléfono.
—Rebeca necesita tu tarjeta. Le