rechazaron un pago.
—No —respondió Valeria con firmeza—. Ya le presté dinero tres veces y nunca me devolvió un solo peso.
Alejandro golpeó la taza contra la mesa.
—No te lo estoy pidiendo.
—Y yo no estoy negociando.
Fue entonces cuando el café salió volando.
Mientras el agua fría seguía cayendo sobre su rostro, Valeria alcanzó a ver su reflejo borroso en la ventana de la cocina.
La piel estaba completamente roja.
Los ojos llenos de lágrimas.
Los labios apretados para no suplicar.
Durante años se convenció de que Alejandro