mi despacho y empezaste a confesar por voluntad propia, Lucas. Nadie te obligó a hablar.
Intentó aferrarse a su último y desesperado argumento:
—¡Estábamos casados, Camilla! ¡Ese dinero también me
pertenecía a mí!
Saqué los documentos constitutivos de la empresa del cajón de mi escritorio.
—No se trataba de dinero de una cuenta corriente personal, Lucas. Era capital de la empresa, destinado al pago de los salarios de los empleados, a los proveedores de alimentos, a los impuestos y a las operaciones diarias. Estar casado conmigo nunca te dio el