entre personas que se querían y que, por fin, habían empezado a comprender que el cariño no eliminaba la responsabilidad.
Cuando Sergio se marchó, mi madre permaneció un rato junto a la puerta.
—¿Crees que cambiará? —me preguntó.
—No lo sé, mamá.
—¿Y si vuelve a equivocarse?
—Entonces tendréis que decidir qué límites necesitáis. No tenéis que renunciar a ellos para demostrar que lo queréis.
Pilar asintió despacio.
Aquella tarde comprendí que la reconciliación no significaba regresar a la situación anterior.
Significaba construir algo nuevo, con los ojos abiertos.
Epílogo.