sus cuentas ni intervenía en sus decisiones patrimoniales. Si necesitaba algo, tenía que pedirlo y aceptar la respuesta.
No todo se había reparado por completo.
Había conversaciones que todavía resultaban incómodas y recuerdos que tardarían en perder su amargura.
Pero mis padres ya no vivían con miedo a que alguien decidiera por ellos.
Aquel día, Pilar preparó una comida abundante. Sergio ayudó a poner la mesa y sus hijos llevaron el postre.
Cuando todos nos sentamos, Joaquín miró los platos y sonrió.
—Bueno, ¿quién quiere más comida?
—¡Yo! —respondió Sergio,