levantando la mano.
Mi padre soltó una carcajada.
—Pues levántate y sírvete. Ya eres bastante mayor para hacerlo solo.
Todos nos reímos.
Después Joaquín se volvió hacia mí.
—Álvaro, ¿te acuerdas de lo que te dijo tu madre cuando llegaste a esta casa?
Asentí.
—Que nadie tenía que ganarse el derecho a sentarse a nuestra mesa.
Él sonrió.
—Exactamente.
Miré a mi alrededor.
A mi madre, que ya no tenía que levantarse cada vez que Sergio pedía algo. A mi padre, que podía disfrutar de su patio sin tener que