sé nada de ninguna mochila.”
Casi sonrió. Se le quitó enseguida.
Me levanté con las rodillas entumecidas. De golpe me acordé del Seat, en doble fila, con los warning puestos. Más de una hora parpadeando delante de urgencias. Una multa, seguro, o la grúa. Me dio igual, y me dio tanta igual que me asustó.
“Si quiere, le pido a seguridad que lo mueva”, dijo Yolanda.
“Las llaves están en el bolsillo. Pero déjelo ahí.”
“Lo que usted diga.”
“Es que a mi hija le encantaba ese coche. Decía que