olía a galletas.”
Un celador pasó empujando una silla de ruedas vacía. Olía a lejía y a café de máquina. Mi abrigo seguía colgado en el recibidor de casa, en la percha que Martina alcanzaba de puntillas.
Me apoyé contra la pared con la mochila abrazada, como la llevaba ella. Las correas me quedaban largas. Sentí en la nuca el frío del azulejo.
El móvil vibró. Mi madre: “Voy para allá, hija. Cojo el 54 y luego el metro. No te muevas.”
Respondí con un solo dedo: “Vale.”
A las