Mi hija me llamó desde la universidad llorando: ‘Mamá, necesito unakara cirugía de corazón urgente’. Conduje 4 horas pensando que podía perderla. Pero cuando llegué, tenía toda la cara vendada y una cuenta de 420,000 pesos esperándome. El médico me recibió sonriendo: ‘Qué valiente fue su familia al aceptar esto’. Yo dejé de sacar la tarjeta.

anticipo.

Me vestí, tomé mi bolsa, las llaves del coche y la carpeta donde guardaba los datos de mi cuenta de emergencia.

Esa cuenta llevaba años intacta.

Era para una enfermedad grave, un accidente o algo que pudiera destruirnos de un día para otro.

Mientras conducía hacia Puebla, solo podía pensar en una cosa: mi hija podía morir.

Llegué a la clínica poco después de las 10.

Era un edificio privado, impecable, con pisos de mármol gris, arreglos de flores blancas y recepcionistas que hablaban en voz baja.

Cuando pregunté