Mi hija me llamó desde la universidad llorando: ‘Mamá, necesito unakara cirugía de corazón urgente’. Conduje 4 horas pensando que podía perderla. Pero cuando llegué, tenía toda la cara vendada y una cuenta de 420,000 pesos esperándome. El médico me recibió sonriendo: ‘Qué valiente fue su familia al aceptar esto’. Yo dejé de sacar la tarjeta.

decidirlo ahora.”

Daniela asintió.

“Pero sí me arrepiento de por qué lo hice.”

Aquella frase se quedó conmigo.

Semanas antes yo había conducido 4 horas convencida de que algo estaba mal con el corazón de mi hija.

Médicamente, su corazón nunca había estado enfermo.

Pero alguien en quien confiaba había logrado convencerla de que necesitaba cambiar su rostro para merecer ser vista a su lado.

Y mientras observaba a Daniela reconstruir poco a poco su vida, entendí que aquello sería mucho más difícil de sanar que cualquier cicatriz que pudiera