Una niña sin hogar enseñó álgebra a mi hija tras una reja, pero lo que descubrí después me dejó sin palabras

vacías.

—Alguien lo había tirado y todavía servía. Así que lo guardé.

Sentí una presión en el pecho.

En nuestra casa había cajones llenos de cuadernos nuevos que Sofía había dejado a medias porque no le gustaba el color de la portada.

Mariana estaba aprovechando las páginas vacías de uno que alguien había desechado.

—Pero si no vas a la escuela, ¿quién te enseña? —preguntó Sofía.

Mariana señaló el edificio detrás de la reja.

—A veces vengo cuando están saliendo.

—¿Para qué?

—Desde aquí puedo escuchar algunas clases.

Sofía pensó