Una niña sin hogar enseñó álgebra a mi hija tras una reja, pero lo que descubrí después me dejó sin palabras

que estaba bromeando.

—¿En serio?

—Sí. Hay ventanas que quedan abiertas. A veces alcanzo a ver lo que escriben los maestros.

Señaló uno de los pisos.

—Lo que te expliqué hoy lo vi hace unos días. Después practiqué hasta entenderlo.

Sofía se quedó completamente callada.

Yo también.

Mariana tenía nueve años.

No podía sentarse dentro de un salón, así que se quedaba afuera intentando aprender lo que alcanzaba a escuchar.

Y luego utilizaba aquello para enseñarle a mi hija, que tenía profesores, libros y apoyo de sobra.

—No es justo —