Una niña sin hogar enseñó álgebra a mi hija tras una reja, pero lo que descubrí después me dejó sin palabras

niña me observó sin responder.

—Me gustaría hablar con tu mamá.

—¿De qué?

No había inocencia en aquella pregunta.

Había cautela.

Una cautela que una niña de nueve años no debería necesitar.

—De tu escuela. Y quizá de algunas cosas en las que pueda ayudar.

Mariana frunció el ceño.

—La gente normalmente no ayuda.

No supe qué decir durante un segundo.

Ella continuó:

—A veces nos dicen que nos vayamos.

Sofía la miró.

Después me miró a mí.

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