Volví a casa por una carpeta que había olvidado y encontré a mi esposa embarazada de ocho meses de rodillas bajo la mesa, mientras mi madre le metía espinas de pescado en la boca frente a seis familiares que no hicieron nada

le dijo que, si me contaba algo, toda mi familia aseguraría que el embarazo la había vuelto emocionalmente inestable.
—Casi te llamé —susurró Mariana—. Pero tu mamá dijo que todos la apoyarían a ella.
Quise tomarle la mano.
Mariana la escondió bajo la sábana porque estaba temblando.
—¿Por qué no me dijiste nada?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Porque estaba intentando llegar al nacimiento de nuestro hijo sin perder mi casa, mi familia… ni perderte a ti.
Sentí vergüenza.
No porque ella hubiera callado.
Porque había tenido razones para