El niño que vendía besos de caballo para no dejar sola a su madre

se hizo joven, claro. Seguía siendo un caballo viejo, con la pata rígida y el pelo desordenado.

Pero engordó un poco.

Los ojos se le veían más vivos.

Y cuando Isabel llegaba, caminaba hasta ella con ese paso lento de los animales que entienden más de lo que parece.

Una tarde de primavera, encontramos en la finca algo que ninguno esperaba.

El matrimonio que cuidaba los animales nos llevó hasta un cobertizo pequeño.

Dentro había una yegua muy vieja, casi ciega, rescatada de un lugar donde ya no podían tenerla.