Estaba nerviosa.
No dejaba que nadie se acercara.
Capitán, en cambio, se quedó quieto junto a la puerta.
La yegua levantó la cabeza.
Él relinchó muy bajo.
Y ella dio un paso hacia él.
Isabel se llevó la mano a la boca.
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—Mira eso —susurró.
Desde aquel día, Capitán dejó de estar solo también.
La yegua se llamaba Brisa.
Tenía el pelo gris, las rodillas torpes y un carácter difícil.
A mí me cayó bien desde el primer momento.
Los animales viejos, como algunas personas,