El niño que vendía besos de caballo para no dejar sola a su madre

no son antipáticos.

Solo están cansados de que el mundo les falle.

Capitán y Brisa empezaron a pasar las tardes juntos bajo una encina.

Isabel se sentaba cerca, con una manta sobre las piernas, y les hablaba a los dos.

A veces hablaba de Nico.

Otras veces no.

Aprendimos que el duelo no se cura con frases bonitas.

Se camina.

Un día pesa más.

Otro día deja respirar.

Y algunos días, sin saber por qué, vuelve a doler como el primero.

Pero Isabel ya no estaba sola cuando eso ocurría.