El niño que vendía besos de caballo para no dejar sola a su madre

La valla limpia, el jardín pequeño, las cortinas medio echadas.

Pero ya no estaba la silla de ruedas junto a la madera.

Ya no estaba el cartón de los besos.

Ya no estaba Nico.

Y eso hacía que la calle pareciera más grande y más vacía.

Mis compañeros bajaban la voz al pasar.

Nadie lo decía, pero todos mirábamos hacia la puerta esperando ver a Isabel, aunque fuera un segundo.

Capitán, en cambio, estaba en la finca.

Lo cuidaba un matrimonio mayor que tenía otros animales rescatados. Buena gente. De