esa que habla poco, pero se fija en todo.
Cada sábado por la mañana, alguno de nosotros llevaba a Isabel hasta allí.
Al principio iba sentada en el asiento de atrás del coche, con las manos juntas sobre el bolso, sin decir palabra.
Miraba por la ventana como si el mundo estuviera pasando demasiado rápido para ella.
Cuando llegábamos, Capitán ya sabía.
Levantaba la cabeza antes de verla.
Relinchaba bajo, como un suspiro viejo.
Y ella caminaba despacio hasta él.
No corría. No lloraba fuerte. No hacía escenas.
Solo le