las manos pero no en los huesos.
Isabel nos pidió que no hiciéramos nada triste.
—Ya he tenido bastante tristeza —dijo—. Quiero algo que a Nico le habría gustado.
Así que organizamos una tarde en la finca.
Nada de ceremonia larga.
Chocolate caliente.
Pan dulce.
Zanahorias para los animales.
Y una mesa donde los niños podían dibujar caballos, perros, gatos o lo que quisieran.
Mi compañero Manolo apareció con una gorra ridícula que decía “ayudante de Capitán”.
Los niños se rieron de él durante media hora.
Él fingió estar ofendido.