Capitán, que ya era una especie de abuelo famoso, aceptó caricias con paciencia de santo.
Brisa se dejó tocar por primera vez por una niña pequeña que llevaba gafas redondas.
La gata tuerta robó un trozo de bizcocho y se fue como si aquello fuera una operación militar.
Isabel reía.
No todo el tiempo.
Pero reía.
Y yo pensé que esa era una forma de milagro humilde.
No de los que salen en los libros.
De los que ocurren cuando alguien vuelve a respirar sin culpa.
Al atardecer, Isabel pidió