en romperlo.
—Pues Nico tenía buen ojo para elegir equipo.
Todos reímos.
Isabel también.
Y esa risa, mezclada con lágrimas, fue más bonita que cualquier discurso.
Cuando la tarde terminó y la gente empezó a marcharse, me quedé un rato recogiendo vasos y servilletas.
Viejas costumbres.
Al final, los basureros siempre acabamos levantando lo que queda.
Isabel se acercó con una bolsa en la mano.
—Te he guardado pan dulce.
—Me vas a malacostumbrar.
—Ya era hora de que alguien lo hiciera.
Nos sentamos en un banco frente al prado.