El niño que vendía besos de caballo para no dejar sola a su madre

apoyaba la frente en el cuello y se quedaba así mucho rato.

Como quien entra en una habitación donde todavía queda el olor de alguien amado.

Una mañana, mientras esperábamos junto a la cerca, mi compañero Julián me dijo:

—Ramón, esto no puede quedarse solo en venir los sábados.

—¿Qué quieres decir?

Se encogió de hombros.

—No sé. Nico hizo aquello para que su madre no se quedara sola. Nosotros no podemos aparecer dos semanas y luego desaparecer.

Me molestó un poco que tuviera razón.

Porque a veces uno ayuda