Cuando vi crecer el vientre de mi madre después de seis meses cuidando a mi bebé, pensé que nos había ocultado algo imperdonable. “¿Cómo pudiste venir a mi casa así?”, le reclamé mientras ella apenas podía mantenerse en pie. No discutió; solo se alejó. Más tarde revisé la cámara y descubrí que llevaba casi un año guardando un secreto mucho más doloroso de lo que imaginé.

Para mí sonaba a rendición.

—¿Entonces no van a curarla?

El médico me miró en silencio unos segundos.

—En este momento hablamos de controlar la enfermedad, aliviar síntomas y tratar de darle tiempo con la mejor calidad de vida posible.

—¿Cuánto tiempo?

Mamá apretó mi mano.

—Laura.

—Necesito saberlo.

—Nadie puede darle una fecha exacta.

Mi madre respiró con dificultad.

—Entonces haremos lo que se pueda.

—Todo —corregí—. Vamos a hacer todo.

Ella giró la cabeza hacia mí.

—No.

Pensé que no había escuchado.

—¿Cómo que no?

—No quiero que