Cuando vi crecer el vientre de mi madre después de seis meses cuidando a mi bebé, pensé que nos había ocultado algo imperdonable. “¿Cómo pudiste venir a mi casa así?”, le reclamé mientras ella apenas podía mantenerse en pie. No discutió; solo se alejó. Más tarde revisé la cámara y descubrí que llevaba casi un año guardando un secreto mucho más doloroso de lo que imaginé.

Laura. Si los doctores creen que un tratamiento puede darme tiempo bueno, lo intento. Quiero ver a Sofía aprender a caminar. Quiero seguir molestando a Diego porque hace el café horrible. Quiero estar contigo. Pero si llega el momento en que el tratamiento solo prolongue el sufrimiento, prométeme que vas a escucharme.

Lloré.

—No puedo prometer eso.

—Sí puedes.

—No quiero perderte.

—Yo tampoco quiero irme.

Era la primera vez que la escuchaba admitir miedo.

Mi madre siempre había sido la mujer que podía con todo.

Después de que murió