papá, siguió adelante.
Cuando faltaba dinero, cosía uniformes de noche.
Cuando entré a la universidad, vendió unas arracadas que habían sido de mi abuela para pagar mi inscripción.
Cuando me casé, aseguró que no estaba triste porque “las hijas no se van, solo amplían la casa”.
Nunca decía que no podía.
Y quizá ese había sido nuestro error.
Todos habíamos terminado creyéndole.
Me acerqué.
—¿Por qué no me dijiste nada desde el principio?
Mamá miró hacia la ventana.
—Porque toda mi vida fui la que resolvía. Me daba vergüenza que