compensarla comprándole ropa, vitaminas, cremas caras y depositándole dinero.
Ella casi siempre protestaba.
—Guárdalo para la niña.
Yo confundí aquello con gratitud.
Ahora entiendo que darle cosas era mucho más sencillo que preguntarle cómo se sentía.
A partir del quinto mes empecé a notar algo extraño.
Mamá comía cada vez menos, pero su abdomen crecía.
Una tarde hasta hice una broma.
—A este paso vas a regresar a Puebla con pancita de señora consentida.
Sonrió débilmente.
—Debe ser inflamación. Y me duele mucho la espalda.
Le compré parches.
Seguí trabajando.