Cuando vi crecer el vientre de mi madre después de seis meses cuidando a mi bebé, pensé que nos había ocultado algo imperdonable. “¿Cómo pudiste venir a mi casa así?”, le reclamé mientras ella apenas podía mantenerse en pie. No discutió; solo se alejó. Más tarde revisé la cámara y descubrí que llevaba casi un año guardando un secreto mucho más doloroso de lo que imaginé.

compensarla comprándole ropa, vitaminas, cremas caras y depositándole dinero.

Ella casi siempre protestaba.

—Guárdalo para la niña.

Yo confundí aquello con gratitud.

Ahora entiendo que darle cosas era mucho más sencillo que preguntarle cómo se sentía.

A partir del quinto mes empecé a notar algo extraño.

Mamá comía cada vez menos, pero su abdomen crecía.

Una tarde hasta hice una broma.

—A este paso vas a regresar a Puebla con pancita de señora consentida.

Sonrió débilmente.

—Debe ser inflamación. Y me duele mucho la espalda.

Le compré parches.

Seguí trabajando.