Cuando vi crecer el vientre de mi madre después de seis meses cuidando a mi bebé, pensé que nos había ocultado algo imperdonable. “¿Cómo pudiste venir a mi casa así?”, le reclamé mientras ella apenas podía mantenerse en pie. No discutió; solo se alejó. Más tarde revisé la cámara y descubrí que llevaba casi un año guardando un secreto mucho más doloroso de lo que imaginé.

Unas semanas después su rostro estaba más delgado, los brazos parecían frágiles y el vientre, en cambio, se veía redondo y tenso.

Parecía embarazada.

Yo había pasado por un embarazo hacía poco. Reconocía aquella silueta.

La idea me pareció absurda.

Después empezó a parecerme sospechosa.

Quise llevarla al médico, pero se negó.

—No gastes. Se me va a pasar.

Diego dijo que seguramente estaba agotada por cuidar a Sofía.

Y yo acepté esa explicación porque era cómoda.

Hasta aquella tarde.

Regresé temprano y encontré a mamá inclinada frente al inodoro,