mientras cuidas a mi hija.
Su rostro cambió.
No gritó.
No se defendió.
Eso fue peor.
Me miró como si frente a ella hubiera una desconocida.
Luego se limpió la boca, pasó junto a mí apoyándose en la pared y entró en su habitación.
No cenó.
No volvió a hablarme.
Aquella noche, todavía convencida de que descubriría una mentira, abrí desde mi computadora las grabaciones de las cámaras de seguridad de la casa.
Retrocedí varios días.
Vi a mamá preparando biberones a las cuatro de la mañana.
Vi cómo cargaba