vomitando con tanta fuerza que apenas podía sostenerse.
Diego estaba en el pasillo.
—Laura, creo que debemos llevarla a urgencias.
Pero cuando vi aquel vientre enorme, todo el miedo acumulado durante semanas salió convertido en crueldad.
—Mamá, ¿qué nos estás escondiendo?
Ella levantó la cara.
—¿De qué hablas?
—¡De eso! —señalé su abdomen—. ¿Quién es?
Diego me sujetó del brazo.
—Laura, basta.
Me solté.
—¡Tiene cincuenta y tres años, Diego! ¡Lleva meses escondiendo algo! Mamá, si estás embarazada, dilo. Pero no vengas a mi casa haciéndonos creer que estás enferma