Cuando vi crecer el vientre de mi madre después de seis meses cuidando a mi bebé, pensé que nos había ocultado algo imperdonable. “¿Cómo pudiste venir a mi casa así?”, le reclamé mientras ella apenas podía mantenerse en pie. No discutió; solo se alejó. Más tarde revisé la cámara y descubrí que llevaba casi un año guardando un secreto mucho más doloroso de lo que imaginé.

Diego parado al final del pasillo con Sofía dormida entre los brazos.

Había algo en su expresión.

—Tú sabías —le dije.

Bajó los ojos.

—No todo.

Sentí otra traición.

—¿Qué sabías?

—Hace unas semanas encontré sangre en una toalla. Tu mamá me pidió que no te dijera.

—¿Y aceptaste?

—Dijo que ya estaba viendo a un médico. Que tú estabas a punto de presentar el proyecto, que si te enterabas ibas a abandonar todo.

Me ardieron los ojos.

—¿La viste así más veces?

Diego guardó silencio.

—¿Cuántas?

—Varias.

Quise culparlo.