Pero entonces recordé todas las veces que yo misma había visto a mi madre tocarse la espalda.
Todas las veces que dijo que no tenía hambre.
Todas las noches en que yo llegaba y preguntaba primero:
“¿Sofía ya cenó?”
“¿Lavaste los biberones?”
“¿Mañana puedes quedarte una hora más?”
Nunca:
“¿Tú estás bien?”
Abrí la puerta.
Mamá estaba sentada en la cama.
Parecía diminuta.
Me arrodillé frente a ella.
—Vi las cámaras.
Apartó la mirada.
—Mamá… ¿qué tienes?
—Nada que no pueda manejar.
—No vuelvas a decirme eso.
Su silencio terminó