permitir que el miedo destruyera algo precioso.
Fui al hospital aterrorizada, convencida de que mi padre me había ocultado algo terrible. Pero descubrí que lo que realmente escondía era su propio miedo a perder los recuerdos antes de que pudiéramos crear muchos más juntos.
Y ahora, cada vez que voy a visitarlo, pronuncio las palabras que ninguno de los dos quiere volver a dejar sin decir.
—Te quiero, papá.
Y él siempre responde:
—Yo también te quiero, cariño. Mucho más de lo que jamás podrás imaginar.