entre mis brazos.
Olía a jabón y a madera, como cuando yo era niño.
Me aferré a él con una fuerza que no sabía que todavía tenía.
—Estás vivo —repetí—. Estás vivo.
Mi padre apoyó la frente contra la mía.
—Perdóname, hijo.
Me aparté.
Y entonces vi el cabello blanco, las arrugas profundas y el cansancio en su rostro.
Parecía haber envejecido diez años.
—¿Por qué? —pregunté.
Él bajó la cabeza.
—Entra. Te lo contaré todo.
Pero yo no quería sentarme.
No quería beber café ni escuchar excusas.
Quería saber