respiró profundamente.
—Recibí amenazas. Me dijeron que tenían documentos capaces de destruirte y que, si hablaba, harían lo necesario para que pasaras el resto de tu vida en prisión.
Sentí una mezcla de rabia y desesperación.
—¡Ya lo hicieron!
—Lo sé.
—¿Y por eso desapareciste?
Mi padre se sentó lentamente.
—La noche antes de que intentara entregar las pruebas, alguien entró en mi despacho. Me golpearon y me dejaron inconsciente. Cuando desperté, faltaban varios documentos y el sistema de seguridad había sido borrado.
Ramírez intervino.
—¿Denunció el ataque?
—No. Cometí