que yo había visto en la bodega 108.
—¿Qué guardabas aquí? —pregunté.
—Los documentos originales de la empresa antes de que comenzara el fraude.
—Pero la caja estaba vacía.
Mi padre frunció el ceño.
—¿Vacía?
—Solo encontré el libro azul.
Mi padre se quedó inmóvil.
Después corrió hacia el armario y comenzó a revisar una pila de carpetas.
—No puede ser.
—¿Qué ocurre?
—Había otra carpeta. Una carpeta roja. Ahí guardaba la copia del registro que demuestra quién autorizó el primer acceso fraudulento.
Ramírez lo miró.
—¿Qué tiene de especial?