las ocho de la noche.
La habitación costaba poco y olía a humedad, pero tenía una mesa, una silla y una lámpara que funcionaba.
Era suficiente.
Cerré la puerta con llave y saqué el sobre.
Durante varios minutos no me atreví a abrirlo.
Reconocía perfectamente la letra de mi padre. Recordaba las tarjetas que me escribía cuando yo era niño, las notas que dejaba sobre la mesa y las felicitaciones que me daba cuando sacaba buenas calificaciones.
También recordaba la última vez que lo vi.
Estaba sentado en su despacho,