LA BODEGA 108: EL SECRETO QUE DESTRUYÓ A LA FAMILIA MENDOZA

las ocho de la noche.

La habitación costaba poco y olía a humedad, pero tenía una mesa, una silla y una lámpara que funcionaba.

Era suficiente.

Cerré la puerta con llave y saqué el sobre.

Durante varios minutos no me atreví a abrirlo.

Reconocía perfectamente la letra de mi padre. Recordaba las tarjetas que me escribía cuando yo era niño, las notas que dejaba sobre la mesa y las felicitaciones que me daba cuando sacaba buenas calificaciones.

También recordaba la última vez que lo vi.

Estaba sentado en su despacho,