mi padre.
Nunca habíamos sido hermanos inseparables, pero tampoco enemigos.
Yo había creído que, aunque fuera egoísta, jamás me haría algo así.
Me equivoqué.
Unos días después, Mauricio pidió hablar conmigo a través de los abogados.
Acepté.
Nos encontramos en una sala de reuniones, con Ramírez presente.
Mauricio parecía más viejo. Ya no llevaba la ropa cara ni el reloj brillante que había presumido cuando regresé a casa.
Tenía las manos entrelazadas y no podía sostenerme la mirada.
—No espero que me perdones —dijo.
—Bien. Porque no sé si puedo